—Sí, se pregunta, se pregunta eso; te he prometido ir á ver á ese don Martín; dí, ¿me quieres?
—Pues bueno, sí.
«Pues bueno, sí... este «sí» con ese «pues bueno»... ese Federico... ese Federico...»
Sepáranse y apenas separados se pone Clarita, cándidamente, á contestar á Federico. Y piensa: «Me gusta ese chico y presenta la cuestión muy clara; quiere que despache á Apolodoro para tomarle á él. Apolodoro ¡pobrecillo! ¡es tan bueno, tan infeliz! ¡me quiere tanto! Y yo ¿le quiero? Y ¿qué es eso de querer? ¿qué será eso que llaman querer? No, no está bien hecho despacharle así, después de haberle admitido, pero... ¿por qué no está bien hecho? Ellos nos dejan por otra cuando esta otra les gusta más: ¿hemos de ser nosotras menos que ellos? Y el otro ¿me gusta más acaso? A papá creo que no le hace mucha gracia Apolodoro, le parece algo estrafalario, pero... ¡es tan bueno! ¡tan infeliz! ¡me quiere tanto! Federico es más elegante, parece más listo, es menos raro, es más... En fin, allá ellos, que lo arreglen; le diré á Federico que sí y que no, que estoy comprometida pero que no estoy comprometida, y no le daré esperanzas ni se las quitaré tampoco. Y luego que riñan ellos y á ver quién puede más; que será Federico, de seguro... Me parece más hombre.» Y contesta á Federico unas cuantas ambigüedades que le esperanzan.
Y el pobre Apolodoro quiere ser algo, quiere ser algo por ella y para ella, y trabaja en tanto en su novelita. Tras horas de meditación se levanta desesperanzado diciéndose: «jamás seré nada». Y al salir de su cuarto ve pasar la imagen de su madre, con un suspiro mudo en los labios y la indiferencia del estupor crónico en los ojos.
«Voy esta noche á provocar una escena que me hace falta, la escena en cuya descripción estoy atascado... No puede dudarse de que una novia, aparte de otras cosas, es un excelente sujeto de experimentación literaria. Tiene razón Menaguti, los grandes amores tienen por fin producir grandes obras poéticas; los amores vulgares terminan en hacer hijos, los amores heroicos en hacer poemas ó cuadros ó sinfonías. Veremos esta noche.»
He aquí la noche y Apolodoro, en el portal, se siente más osado, atrayéndole su novelita por delante mientras la sombra de Federico le empuja por detrás. Empieza el corazón á martillearle la cabeza, coge á Clarita y de buenas á primeras la abraza, dejándose ella hacer. «Estoy conquistador, resuelto, masculino.»
—¿Me quieres?
—Ya lo sabes, pero déjame... déjame...