Y apretándola contra su pecho, con voz sofocada:

—Ya lo sabes, no; ¿me quieres?

Se le escapa á ella un sí.

—¿Sí, nada más?

—Pues ¿qué quieres que te diga? pero déjame... déjame...

Apolodoro le mira á los ojos y ella los cierra para que no hablen. Le besa y ella tiembla; aprieta sus labios contra uno de los ojos de la muchacha, y ésta, de pronto, azorada:

—¡Mi padre!

Y se separan.

«¡Pobrecillo! ¡pobrecillo! ¡cuánto me quiere! ¡Y habrá creído lo de que venía mi padre!»

Y él: «no ha resultado el experimento, no ha resultado; esto no es lo que necesito; hay que repetirlo.»