Cuando llega don Epifanio llama aparte á su hija, que acude con el pecho anhelante, y le dice:

—Mira, hija mía, allá tú, que esas son cosas vuestras; pero que sepas que estamos al cabo de todo. Tú verás, digo, pero no estás ya en edad de juegos, aunque tú creas otra cosa, que no la crees. Piénsalo en serio. Los dos son buenos chicos, pero alguno será mejor. Este es tan raro... En fin, tú verás, Clara, tú verás; pero la cosa es que te decidas y les hagas que se decidan, porque así no podemos estar. Resuélvete de una vez y juega limpio.

—Es que...

—Es que eso es cosa tuya y eres tú quien tiene que decidirlo. La cuestión es que no digan—y dejando aquí plantada á su hija, se sale.

Y rompe á llorar la muchacha, invadida por una vergüenza enorme. ¿Es que la creen una chiquilla, una coquetuela? Entra la madre y entonces Clarita se deja sentar ahogando los sollozos.

—Vamos, boba, no te pongas así, que todo ello no vale la pena. Decídete de una vez. Las demás también hemos pasado por trances parecidos. Para casarme con tu padre tuve que dar calabazas á un estudiante de minas, y no me pasó nada, ni le pasó nada á él. Ese hijo de don Avito...

—Pero, mamá...

—Sí, sí, si ya lo comprendo y es natural; pero hay que ponerse en las cosas...

—Es que...

—¡Quiá! tú no le quieres; te equivocas. Quererle... quererle... sí, todos nos queremos unos á otros, es natural. Es un prójimo al fin y al cabo y hay que querer á todos; pero querer, lo que se llama querer, mira, eso viene después de casada, con los años, cuando una menos se lo figura.