—¡Exactísima observación! Ayer equinoccio... Sin embargo, la savia de los vegetales...—y se detiene Avito al ver que los tersos ojazos de Marina se orientan á los suyos y que desplegando la boca se pone á oirle con todo el cuerpo y con el alma entera.

«Pero ¿qué tendré hoy—se dice el futuro padre del genio,—qué me pasará que no acierto á ligar dos ideas? ¿Se me rebelará la bestia?» Marina, en tanto, parece esperar lo de la savia de los vegetales; vésele el ritmo del pecho, y en sus cabellos de azabache se tiende á descansar la luz cernida por los visillos.

—La savia de los vegetales—prosigue Carrascal—hace tiempo que ha dado botones de flores...

—¿Le gustan á usted las flores?—le pregunta Leoncia.

—¿Cómo estudiar botánica sin ellas?

Marina, apartando sus ojos de Avito, los vuelve sonrientes á Leoncia y al hombre luego, como quien dice: ¡tiene gracia! Y al observarlo Carrascal oye una voz que en su interior le dice: «¡alma primitiva, protoplasmática, virginal! ¡corazón inconciente!» á la vez que su corazón, conciente y todo, empieza á acelerar su martilleo.

—Usted debe de saber muchas cosas, señor Carrascal.

—¿Por qué, mi señora doña Marina?

—Porque mi hermano cuando hay algo así, muy enrevesado, dice: ¡á Carrascal con eso!