—Pero, hijo mío, pero Apolodoro... cálmate, hombre, cálmate... Alguna niñería. ¡Vamos, hombre, no seas así...!
—Que no sea así... que no sea así... ¿Y cómo soy sino como ustedes me han hecho?
—Pero, vamos, dime ¿qué te pasa? ¿Es por el fracaso del cuento? Sí, estuve duro, lo reconozco, mas has de tener en cuenta...
—No, no es eso.
—¡Ah, ya caigo! ¿Es que te ha dejado la novia?—y tras un silencio:—¡Bah!, eso no vale nada.
—No vale nada... que no vale nada... no, para usted no. ¡Y todos se burlan de mí, todos!
—¡Visiones!
—Es que me desprecia todo el mundo...
—Vamos, sé formal, ven acá, ten confianza en mí y ábreme tu pecho. Desahógate, Apolodoro, desahógate.
Y va don Fulgencio y cierra con llave la puerta del gabinete, y en lágrimas y sollozos es toda una confesión auricular de entrecortadas frases. Y al acabarla Apolodoro, se levanta el filósofo y se pasea cabizbajo, y luego acerca su silla á la del mozo, se sienta junto á él y casi al oído, en la penumbra de la caída de la tarde, le dice: