—Le he dicho ya que no tan alto, que si sigue dando voces tendré que meterle el pañuelo en la boca.
—¿Es que cree usted que soy un majadero?
—¡Basta! Y no sea niño ni haga el tonto. Su padre le ha echado á perder con la pedagogía. La verdad es que después de tanto prepararse, salir con esa sandez de novelita, no autoriza á pretender el amor de una joven como Clarita. Aprenda á vivir, tome tila y reflexione. Y ahora déjeme, que llevo prisa.
Y entrando en un portal le deja en medio de la calle. Brótanle las lágrimas, y al través de ellas se le enturbia el mundo, y el gusto á la vida empieza á derretírsele y se queja diciéndose: «sí, dimito, dimito... me mato... oh, este padre... este padre...»
Todos contra él, todos se burlan de él. Va avergonzado, pues le miran todos de reojo diciéndose: «ahí va el hijo de don Avito, el que va para genio... ¡pobrecillo!» El condenado mundo, todo él mentira é injusticia, empieza á estropearle el estómago, produciéndole hipercloridia, y ésta le produce hipocondría y se le envenena la sangre y la sangre le envenena el cerebro. Y llega un día en que un amigo se atreve á preguntarle: «¿Cómo va tu ex-futura?» ¡Ex-futura! ¡llamar á Clarita ex-futura!
Decide ir á vengarse viendo á don Fulgencio, la fascinadora serpiente, el hombre todo ironía y mala intención. Y verá á doña Edelmira, ¡qué buenas carnes todavía! ¡qué sonrosadas y rellenas! y ¡qué peluca!
Ya está en casa de don Fulgencio. ¡Qué extraña seriedad la del filósofo!
—¡Hola, Apolodoro! ¿qué te trae? ¿dónde has andado? ¡pareces preocupado! ¿qué te pasa?
—¡Qué me ha de pasar, don Fulgencio! Me pasa que entre usted y mi padre me han hecho desgraciado, muy desgraciado; ¡yo me quiero morir!—y rompe á llorar como un niño.