—Tenemos que arreglar eso.

—¿Arreglarlo? ya ella se ha encargado de hacerlo.

—Es que uno de los dos sobramos.

—Usted, si es caso.

—Es que... tenemos que batirnos...—y apenas lo suelta, se dice: «¿pero, quién ha dicho esto? ¿he sido yo?»

—Pero venga acá, infeliz, y no sea ridículo: ¿quién le ha metido eso en la cabeza? ¿á que ha sido el imbécil de Menaguti?

—¿Es que usted cree que necesito de quién me meta en la cabeza nada?

—¡Schsch! no tan alto: no hay que dar gritos.

Y Apolodoro alzando aún más la voz:

—¿Es que cree que soy un maniquí? es que conmigo...