poter, che ascoso, a comun danno impera

que dijo Leopardi, al Ser Supremo, como le llaman los que pretenden conocerle mejor.

—Pero fíjate en que...

—No me fijo. Anda, vé ahora mismo y provócale, y si no le provocas no eres hombre. Provócale... ¡que le provoques te he dicho! Y no vuelvas á ofertarme la palabra sino después de haberle borrado del libro de la vida ó de haberte borrado de él tú. ¡A provocarle!—y le vuelve las espaldas.

Y se queda Apolodoro suspenso, retintinándole el «¡provócale!» Y recuerda cuando de niño presenció una mañana aquella famosa cachetina entre Pepe y Narciso, y como rodeaban á uno y otro los amigos de ambos, y mientras se miraban los desafiados diciéndose: «¡anda, dame motivo!», les gritaban del corro: «anda con él, ¡cobarde, cobardón! ¡te puede! ¡que te puede! ¡anda! ¡provócale! ¡mójale la oreja! ¡anda! ¡provócale! ¡provócale!» «¡Provócale! ¡teorías! ¡pedagogía también! ¡mátale ó mátate! ¡mátate... mátate...!» y se encuentra de manos á boca con Federico.

—¿Hombre, usted por aquí?

—¡Sí, tenemos que hablar!

—Cuando usted quiera, donde quiera y como quiera: ¿le conviene ahora y aquí mismo, según paseamos?

—Es que...—empieza Apolodoro vencido por esta decisión.

—¿Será por lo de Clarita?