—¡Oh, cuántas fantasías! ¡qué ensueños! ¡qué ensueños los de la muerte de la vida y los de la vida de la muerte! ¿Tenemos derecho á la vida? ¿tenemos deber de morir? ¡Ser dioses! ¡ser dioses! ¡ser dioses! ¡ser inmortales! ¡La muerte! ¡Mira!

Y le enseña un papel en que están escritos nombres de sabios, filósofos, pensadores, seguidos de una cifra: Kant, 80; Newton, 85; Hegel, 61; Hume, 65; Rousseau, 66; Schopenhauer, 72; Spinoza, 45; Descartes, 54; Leibnitz, 70; y otros muchos, seguidos de su cifra.

—¿Sabes lo que es esto? Los años que vivieron, hijo, los años que vivieron estos grandes pensadores, para sacar el promedio y hallar mi vida probable. ¿Ves estos papeles de este otro cajón? Proyectos de obras. Y yo me decía: «hasta que las lleve á cabo todas no me muero». ¡Y no poder tener fe... no poder tener fe en mi inmortalidad! ¿Por qué no he de ser yo el primer hombre que no se muera? ¿es acaso una necesidad metafísica la muerte? E inventé aquella broma de que quien tenga fe, robusta y absoluta fe en que no ha de morir nunca, fe sin un instante de chispa de duda, nunca morirá. Mas ¡ay de él si tiene un solo momento, por fugaz que sea, de duda! ¡ay de él si en las ansias mismas de la agonía deja que le pase sombra de duda de que no ha de morir! ¡ay de él si llega á decirse: «¿y si me muriera?»! Porque entonces está perdido, muerto. Jugaba así, ideando estas bromas, con el terrible espectro. Tú sabes que nada se pierde...

—Ley de la conservación de la energía... trasformación de las fuerzas...—murmura Apolodoro.

—Nada se pierde, ni materia, ni fuerza, ni movimiento, ni forma. Cuantas impresiones hieren nuestro cerebro quedan en él registradas, y aunque las olvidemos, y aun cuando al recibirlas no nos hubiéramos de ellas dado cuenta, allí quedan, como en toda pared quedan las huellas que las sombras todas pasajeras sobre ella proyectaran una vez. Lo que falta es un reactivo lo bastante poderoso para provocarlas. Todo cuanto nos entra por los sentidos en nosotros queda, en el insondable mar de lo subconciente; allí vive el mundo todo, allí todo el pasado, allí están también nuestros padres y los padres de nuestros padres y los padres de éstos en inacabable serie...

—¿Cómo?

—Sí, déjame que sueñe. ¿No heredamos de nuestros padres facciones, órganos, raza, especie? Pues lo heredamos todo; llevamos á nuestro padre dentro, sólo que sus más menudos rasgos, sus más personales peculiaridades están sumergidas en lo más hondo de nuestros abismos subconcientes... Y así, cuando entre los nietos de nuestros nietos surja el hombre-espíritu, cuando sea todo él conciencia, conciencia refleja su organismo todo, cuando la tenga de la vida de la última de sus células y del espíritu de ésta, entonces resucitarán en ellos sus padres y los padres de sus padres, resucitaremos todos en nuestros descendientes...

—¡Qué hermosura!—se le escapa á Apolodoro.

—Hermosura, sí, pero ¿es lo hermoso verdad? ¿Y los que no tengamos hijos, Apolodoro? Aquí está el problema que me ha torturado siempre. Los que no tenemos hijos nos reproducimos en nuestras obras, que son nuestros hijos; en cada una de ellas va nuestro espíritu todo y el que la recibe nos recibe por entero. Y ¿qué sé yo si al morirme y deshacerse mi cuerpo no se liberta alguna de mis células y convertida en ameba se propaga y propaga consigo mi conciencia? Porque mi conciencia está toda en mí y toda en cada una de mis células, Apolodoro, que éste es el misterio de la humana eucaristía... Pero... lo más seguro es tener hijos... tener hijos... Ten hijos, haz hijos, Apolodoro. ¡Qué hermosura! ¿no?