—¡Oh, qué ensueños, don Fulgencio!
—Sí, ensueños. Y leo á Weissmann, y quiero pensar que somos ideas divinas, porque necesito á Dios, Apolodoro, necesito á Dios, necesito á Dios para hacerme inmortal... Vivir, vivir, vivir...
¡Morir... dormir! ¡dormir... soñar acaso!
¿De dónde ha nacido el arte? De la sed de inmortalidad. De ella han salido las pirámides y la esfinge que á su pie duerme. Dicen que ha salido del juego. ¡El juego! El juego es un esfuerzo por salirse de la lógica, porque la lógica lleva á la muerte. Me llaman materialista. Sí, materialista, porque quiero una inmortalidad material, de bulto, de sustancia... Vivir yo, yo, yo, yo, yo... Pero, haz hijos, Apolodoro, ¡haz hijos!
Y al conjuro de estas palabras dolorosas siente Apolodoro un furioso deseo de tener hijos, de hacerlos, y se acuerda de Clarita y suspira al acordarse de ella. Al despedirse le abraza don Fulgencio, llorando. Y ya en la calle, piensa Apolodoro: «Soy un genio abortado; el que no cumple su fin debe dimitir... Dimito, dimito, me mato. ¡Pobre don Fulgencio! Me mato... si no ¿cómo voy á presentarme ante Menaguti? Pero antes tengo que asegurarme esa inmortalidad, por si es verdad, pues ¿quién sabe? ¿quién sabe? ¿quién sabrá? Mamá cree en la otra y espera y sufre, sufre á papá... cree en la otra... Ese que pasa también me mira de esa manera especial; ó ha leído mi cuento ó sabe lo de Clarita; debe conocerme ó conocer á mi padre, y por dentro se ríe de mí, como todos. ¡Oh, dimito, dimito!»
XIV
Ayer vió á Clarita, á lo lejos y de paso y se le encendió el mal extinguido amor, y ahora es cuando comprende que la quería, que la quería con toda el alma, ahora que otro la quiere y quiere ella al otro. Y se dice: «Ya que no puedo ser genio en vida, lo seré en la muerte; escribiré un libro sobre la necesidad de morirse cuando el amor nos falta y me mataré, me mataré por no dejarme morir...
Fratelli a un tempo stesso amore e morte