Ingenerò la sorte;
mas antes, Apolodoro, haz hijos, haz hijos; ¡busca la inmortalidad en ellos... por si acaso...!»
Y al llegar á este punto de su soliloquio, hiere su vista y su corazón un espectáculo terrible. Es que en un rincón yace un pobre epiléptico, haciendo las más grotescas contorsiones, torciendo boca y ojos, sacudiendo la mano como quien toca la guitarra, y le rodean cinco chiquillos, que celebran la gracia.
—¡Anda, Frasquito, toca malagueñas!
Y Frasquito hace que toca y guiña los ojos y tuerce la boca y los chicos le remedan y hacen gestos como él. Apolodoro se indigna y les grita:
—Ú os vais de aquí ú os hecho á puntapiés, chiquillos. Burlarse así de la desgracia...
Y mientras el pobre, á cuya gorra echa Apolodoro una moneda, le agradece con más profundas contorsiones, los chicuelos desde lejos:
—¡Vaya con el señorito! ¡señoritín!... ¡aburrido!
«¡Aburrido!» el supremo insulto aquí para los niños, por lo menos cuando él lo era; hasta los niños le desprecian. ¿Sabrán lo del cuento? ¿sabrán lo de Clarita? ¿sabrán de quién es hijo? ¿sabrán que le criaban para genio?
Y sigue su camino llevando la visión del epiléptico, visión que sin saber cómo, le trae á las mientes una doctrina que oyera ha tiempo exponer á don Fulgencio. Y es que de lo sublime á lo ridículo no hay más que un paso, según dicen, mas deben añadir que tampoco hay más que un paso de lo ridículo á lo sublime. Lo verdaderamente grande se envuelve en lo ridículo; en lo grotesco lo verdaderamente trágico. De lo sublime á lo ridículo no hay más que un paso, un paso hacia dentro, el que da lo sublime al sublimarse aún más convirtiéndose en sublimado corrosivo. Si hubiera dioses y tuvieran que vivir con los hombres, nos resultarían los seres más grotescos. Y se añade Apolodoro: «¡qué ridículo, qué sublime debo de ser! dimito... dimito y así mi ridiculez se sublimará... dimito... Pero antes ¡haz hijos, Apolodoro!»