Llega á casa, entra en su cuarto, abre un libro y ante las abiertas páginas le dice su demonio familiar: «Tu padre es un majadero; si no hubieses nacido de un majadero así... Mas acaso no sea majadero, sino envidioso; te ha educado así tal vez por celos, para que no le sobrepujes... No, no, es que está trastornado.» Llaman á la puerta, manda entrar, y entra don Avito.
—Tenemos que hablar, Apolodoro.
—Tú dirás.
—Observo en ti desde hace algún tiempo algo extraño y que cada vez respondes menos á mis esperanzas.
—No haberlas concebido.
—No las concebí yo, sino la ciencia.
—¿La ciencia?
—La ciencia, sí, á la que te debes y nos debemos todos.
—¿Y para qué quiero la ciencia si no me hace feliz?
—No te engendré ni crié para que fueses feliz.