—¡Ah!
—No te he hecho para ti mismo.
—Entonces, ¿para quién?
—¡Para la Humanidad!
—¿La Humanidad? ¿Y quién es esa señora?
—No sé si tenemos ó no derecho á la felicidad propia.
—¿Derecho? Pero sí á destruir la ajena, la de los hijos sobre todo.
—¿Y quién te ha mandado enamorarte?
—¿Quién? El Amor, ó si quieres el determinismo psíquico, ese que me has enseñado.
El padre, tocado en lo vivo por este argumento, exclama: