—¡El amor! siempre el amor atravesándose en las grandes empresas... El amor es anti-pedagógico, anti-sociológico, anti-científico, anti...-todo. No andaremos bien mientras no se propague el hombre por brotes ó por escisión, ya que ha de propagarse para la civilización y la ciencia.
—¿Qué líos son esos, padre?
—Vaya, veo que no estamos todavía para oir á la severa Razón—y se retira don Avito.
Y empieza ahora un horror, un verdadero horror, tales son los despropósitos que al fracasado genio se le ocurren. Ocúrresele unas veces si estará haciendo ó diciendo algo muy distinto de lo que cree hacer ó decir y que por esto es por lo que le tienen por loco los demás; otras veces se le ocurre que está el mundo vacío y que son todos sombras, sombras sin sustancia, ni materia, ni cosa palpable, ni conciencia. Arde en deseos de verse desde fuera, como los demás le ven, y para lograrlo salirse de sí mismo, dejar de ser él mismo, y dejando de ser él mismo, ¡dejar sencillamente de ser, dimitir! Y para matar el tiempo se pone á descifrar logogrifos y charadas y á resolver solitarios en la baraja. Y tras los reyes caballos, sotas y ases aparece Clarita, Clarita siempre, escoltada por don Fulgencio, don Epifanio, Menaguti, su padre, y al lado Federico. Y ¡cómo se parece á don Fulgencio esta sota de bastos!
Piérdese en paseos por el campo en los que se entretiene en fecundar las flores sacudiendo el polen de los estambres sobre los pistilos, ó en soplar la corona de semillas del amargón á que se esparzan por el campo.
Un día va á dar al cementerio, á meditar allí, entre aquellas filas de nichos y apenas se le ocurre cosa alguna. «Si no me quiere Clarita y no sé hacer cuentos, ¿para qué vivir?» La Muerte lo mismo que el Amor le dice: ¡Haz hijos! «La Muerte, ¿es distinta del Amor? Para la ameba morir es reproducirse.» A sus pies lee en una losa: «¡Mariquita! ¡Mariquita! ¡Mariquita!» Y se sale del cementerio diciéndose: «Dimito, dimito; aquí está el sitio de los jubilados; mas antes haz hijos, Apolodoro.» Y llega á casa y le trae la criada el chocolate.
—Oye, Petra, ¿has pensado alguna vez en morirte?
—¿Yo? ¡Ni ganas!—y se echa á reir.
Y ¡cómo ríe! ¡y qué dientes enseña al reir! unos dientes blanquísimos, sanos, bien alineados, unos dientes hechos para reir, para comer y para morder. ¡Qué salud! ¡qué colores! se le ve y se le oye respirar.