—¿Y en tener hijos, has pensado?

—Vaya, vaya, déjese de bromas, señorito—y se va.

¡Caramba con la moza! ¡excelente molde!


Don Avito medita, entre tanto, en eso de Lombroso del parentesco entre el genio y la locura, y á punto de convencerse del fracaso de su hijo, va á ver á don Antonio el médico y deciden examinar á Apolodoro.

—Mira, Apolodoro, tú no estás bueno, tú tienes algo, algún mal interior de que ni tú mismo sospechas y es menester que el médico te examine.

—Sí, ya te entiendo y sé lo que crees que tengo, pero es otra cosa; conozco mi enfermedad.

—Sí, el amor.

—No, la pedagogía.

Y llega el médico y le examina y se va diciendo: «Pues señor, aquí no veo nada.» Y Apolodoro se dice: «No sabe qué tengo ni lo sabrá nadie, aunque algo debo de tener, sin duda. Ha de ser un caso patológico interesante, raro... ¿No sobrevive acaso el nombre de Dalton más que por otra cosa por la enfermedad que padeciera? ¡Erostratismo, puro erostratismo! ¡ansia de inmortalidad! ¡Haz antes hijos, Apolodoro! ¿Pero serviré para el caso? porque yo estoy malo, muy malo; yo duro poco; ni me dará la vida tiempo á dimitir, me dejará cesante... Estoy muy malo.» Y llama.