---¿Qué quiere usted, señorito?
—Nada, Petra, verte antes de salir, porque difundes tal aire de salud, se exhala tal salubridad de tu vista, que parece me alivia...
—Vamos, no se burle así...
—Espera, espera que te toque á ver si se me pega tu sanidad—y le pasa la mano por la cara.
—Estése quieto y dígame qué quiere.
—Que te vayas.
«Sí, mejor es que se vaya», y sale Apolodoro de paseo. «Allá va Menaguti; tengo que volverme y tomar otro camino, porque ¿con qué cara me presento á él? ¿me habrá visto? y si me ha visto, ¿caerá en la cuenta de que le evito?» Y tuerce y sale á la alameda y topan sus ojos con Clarita, tan hermosa, y Federico al lado. Enciéndesele la sangre. Y les sigue, acomodando su paso al lento paso de ellos. Las piernas de Clarita van y vienen á compás, marcando alternativamente sus contornos en la falda, y ondean al vientecillo los rizos de su nuca, al vientecillo que orea el tierno follaje de primavera, el verde plumoncillo de los álamos que despiertan desperezándose del invierno... Oh ¡qué hermosa! ¡qué hermosa! «¡Y yo que creía no quererla! ahora, ahora es cuando comprendo cuán enrocinado estaba por ella.» El vientecillo le da de cara, viene de ella y le trae sus efluvios, su aliento, su perfume, algo de su tibieza; entreabre la boca para mejor aspirarlo. «Algo me tragaré de ella y en ese algo vendrá toda entera.» Y va creciéndole un abceso de amor, como un repentino tumor amoroso del ánimo, y le entran ganas de abalanzarse y de ahogarle á él y de forzar á ella y de dimitir luego, sí, de dimitir, pero después de haberle hecho un hijo. «Yo no estoy bueno, no estoy bueno; así no puedo seguir; á casa, á casa, que estoy muy malo.» Y sube las escaleras casi en fiebre, y cuando Petra le abre la puerta, se abalanza á ella y le da un beso, y la fiebre se le calma.
—¿Pero está usted loco, señorito?
Y á la noche, en la cama, besa primero á la almohada, con furia, y acaba por morderla, con más furia aún.