—¿Y por qué no hacer del amor mismo pedagogía, padre?
Don Avito se queda un rato suspenso, y dice luego:
—Mira, es una idea que no se me había ocurrido, y aunque me parezca absurda puede conducir á algo como ha conducido á Lobacheusqui el hacer una geometría partiendo del absurdo de que desde un punto fuera de una recta pueda bajarse más de una perpendicular á ella. Mira, dedícate á desarrollar esa idea y tal vez des en la pedagogía meta-pestalozziana y en la cuarta dimensión educativa; ve ahí un campo abierto á tu genialidad...
—¡Padre, no se juega así con el corazón!
Y vuelven á separarse sin resultado.
Va llegando ya al colmo el desaliento nada científico de don Avito, quien da en recordar las más estupendas y peregrinas ocurrencias de aquel funesto de don Fulgencio, el mixtificador que por tanto tiempo le ha tenido preso en sus encantos maléficos, aquellas ocurrencias como la de la cura del sentido común, rémora de toda genialidad, mediante el masaje histológico del cerebro logrado por cierta trepidación eléctrica que obligue á las células nerviosas á entrecruzar de otro modo que como lo tienen sus prolongaciones pseudopódicas, la microcirugía psíquica, de donde se deduce la utilidad pedagógica del pescozón en cuanto éste hace vibrar el cerebro y sus 612.112.000 células; ó recuerda lo de la cura de la monotonía mental mediante inyecciones de gelatina. Y luego se dice: «¿No será mejor que pretender hacer el genio, hacer primero la madre del genio? Tengo muy abandonada á Rosa, y la pobrecilla no me gusta, no, no me gusta; va desmejorando mucho, pero mucho; no sirve meteorizarla. Todo me sale mal, todo me sale mal; quiero guiar á Apolodoro por el buen camino, y va y se me enamora; quiero robustecer físicamente á Rosa, y nada, cada vez más enteca. Esa Marina me la echa á perder con sus mimos.»