Y el hijo, diciéndose: «¡qué guapa está! no parece que sufre», va á un rincón y oculta también la cara entre las manos. Y el padre prosigue:
—Aunque el individuo haya muerto como tal, continúa la sustancia viviendo. Si ahora le aplicáramos una corriente galvánica, se movería. No se han coagulado aún los albuminoideos, no están las células reducidas á su mayor concentración, no ha llegado la rigidez cadavérica. La concentración es la muerte, la expansión la vida; fíjate en esto, Apolodoro, y no te concentres, expansiónate. ¿Qué es eso, lloras?
—Sí, por ti, padre.
—¿Por mí? pues no lo entiendo. Y aun rígido el cadáver, seguirán las cejas vibrátiles conservando su actividad normal y seguirán viviendo los glóbulos blancos ó leucocitos, estas células amiboideas. No hay un momento preciso en que la vida cese para empezar la muerte; la muerte se desenvuelve de la vida, es lo que llaman los fisiólogos la necrobiosis, la muerte de la vida de ese don Fulgencio.
«¡Haz hijos!» oye Apolodoro al oir este nombre.
—La muerte tiene su vida, digámoslo así, sus procesos histolíticos y metamorfóticos...—y al oir suspirar á Marina, añade:—¡Es natural! ¡cuánto le queda por hacer á la ciencia hasta dominar nuestros instintos!—y se sale del cuarto.
Marina levanta la cabeza, y como quien despierta de una pesadilla, con ojos despavoridos exclama: ¡Luis, Luis, Luis! Y Apolodoro va á sus brazos y se estrechan y se mantienen en silencio, estrechados, llorando:
—¡Rosa, Rosa, mi Rosa, mi sol, mi vida... mi Luis, Luis, Luis, Luis, mi Luis, Luis, Rosa, mi Rosa...! ¡qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo! Luis... Luis... Luis...!
—Papá...
—Cállate, Apolodoro... Luis... Luis... mi Luis... Luis... cállate... ¡Rosa... mi Rosa... Rosa... Rosa!