¿Escribirá algo antes, una especie de testamento? No, un acto solemne, serio, sin frases ni posturas, pero original. Que no se rían de él después de muerto.
Se recoge y medita: «¡A descansar! ¡á descansar! ¡al eterno asueto! Soy un miserable; he cometido una infamia; todos se burlan de mí; no sirvo para nada. ¡Todo han querido convertírmelo en sustancia sin dejar nada al accidente! Hasta cuando me dejaban por mi propia cuenta era por sistema. Ahora sabré á dónde vamos... ¡cuanto antes, mejor! Aunque sólo fuese por curiosidad, por amor á saber, era cosa de hacerlo. Así se sale antes de dudas respecto al problema pavoroso. ¿Y si no hay nada?»
Llaman á la puerta.
—¡Adelante!
—Por Dios, señorito, no se olvide...
—No tengas cuidado, Petra, todo se arreglará; vete ahora, déjame.
«Soy un miserable; he cometido una infamia. ¡Adiós, mi madre, mi fantasma! Te dejo en el mundo de las sombras, me voy al de los bultos; quedas entre apariencias, en el seno de la única realidad perpetua dormiré... ¡Adiós, Clara, mi Clara, mi Oscura, mi dulce desencanto! ¡Pudiste redimir de la pedagogía á un hombre, hacer un hombre de un candidato á genio... que hagas hombres, hombres de carne y hueso; que con el compañero de tu vida los hagas, en amor, en amor, en amor y no en pedagogía! ¡El genio, oh, el genio! El genio nace y no se hace, y nace de un abrazo más íntimo, más amoroso, más hondo que los demás, nace de un puro momento de amor, de amor puro, estoy de ello cierto; nace de un impulso el más inconciente. Al engendrar al genio pierden conciencia sus padres; sólo los que la pierden al amarse, los que como en sueño se aman, sin sombra de vigilia, engendran genios. ¡Qué lástima que el deber de dimitir mañana no me permita desarrollar esta luminosa teoría! Al engendrar al genio deben de caer sus padres en inconciencia; el que sabe lo que hace cuando hace un hijo, no le hará genio. ¿En qué estaría pensando mi padre cuando me engendró? En la carioquinesis ó cosa así, de seguro; en la pedagogía, sí, en la pedagogía; ¡me lo dice la conciencia! Y así he salido... ¡Soy un miserable, un infame, he cometido una infamia...!»
Llega la hora. Se encierra, sube á la mesa sobre la que pone un taburete y prepara el fuerte cordel pendiente del techo; agárrase á él y de él se suspende para ver si le sostiene; hace el nudo corredizo y se lo echa al cuello, subido en el taburete. Detiénele por un momento la idea de lo ridículo que puede resultar quedar colgado así, como una longaniza; pero al cabo se dice: «¡es sublime!» y da un empellón al taburete con los pies. ¡Qué ahogo, oh, qué ahogo! Intenta coger con los pies el taburete, con las manos la cuerda, pero se desvanece para siempre al punto.
Al ver que tarda tanto en venir á comer, don Avito va en su busca, registra la casa, y al encontrarse con aquello que cuelga, tras fugitivo momento de consideración salta á la mesa, corta la cuerda, tiende el cuerpo de su hijo sobre la mesa misma, le abre la boca, le coge la lengua y empieza á tirarle rítmicamente de ella, que acaso sea tiempo. Al poco rato entra la madre, más soñolienta desde que perdió á su hija, y al ver lo que ve se deja caer en una silla, aturdida, murmurando en letanía: «¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡Luis! ¡hijo mío!» Es una oración al compás de los rítmicos tirones de lengua. A su conjuro siente Avito extrañas dislocaciones íntimas, que se le resquebraja el espíritu, que se le hunde el suelo firme de éste, se ve en el vacío, mira al cuerpo inerte que tiene ante sí, á su mujer luego, y exclama acongojado: ¡hijo mío! Al oirlo se levanta la Materia, y yéndose á la Forma le coge de la cabeza, se la aprieta entre las manos convulsas, le besa en la ya ardorosa frente y le grita desde el corazón: ¡hijo mío!