—No, no viene.

—¿No viene?

—No.

—Mírala qué guapa, Luis, mi Luis, mírala... ¡Rosa, mi Rosa, Rosa, Rosa de mi vida!

«¡Ay, Clarita!» murmura Apolodoro. Cierran los ojos á la muerta y salen.


Y ahora, después de esta muerte, parece que le grita con más fuerza á Apolodoro su instinto: ¡hazte inmortal! Es un ansia loca, ansia que se exaspera un día en que ve á Clarita y ya no puede contenerse. Y he aquí que á las pocas noches es, á oscuras, un: «calla, calla... ¡Clarita! ¡Clarita! ¡Clarita!» Previa promesa, claro está, para que Petra cediera.

Cuando á los pocos días se entera Apolodoro de lo que ha hecho, éntrale una enorme vergüenza y asco y desprecio de sí mismo, y acaba en un: «¡dimito! ¡ahora sí que dimito!» ¡Pobre Petra!

A lo que se agrega que va á casarse Clarita, las amonestaciones de cuyo enlace se han echado ya.