Y como al hueco del cañón se le llama alma, bien pudo decir: «se coge un alma, se le pone cuerpo, y hete el cañón.»

Tal es el procedimiento metafísico, que es, como el lector habrá adivinado, el empleado por mí para construir los personajes de mi novela. He cogido sus huecos, los he recubierto de dichos y hechos, y hete á don Avito, don Fulgencio, Marina, Apolodoro y demás. Y si alguien me dijera que este no es procedimiento artístico, por muy metafísico que sea, le diré que se examine bien y vea qué encuentra debajo de sus propios hechos y dichos, y si debajo del hierro de nuestra carne no nos encontramos con un hueco ó agujero más ó menos cilíndrico.

Y volviendo á lo de antes diré que también yo me he preocupado, luego de recibida la carta de mi amigo Valentí Camp, en averiguar qué pensaron y dijeron de la muerte de Apolodoro don Fulgencio, don Epifanio, Menaguti, Federico y Clarita.

Empezando por Menaguti he de decir que cuando el sacerdote de Nuestra Señora la Belleza supo el percance de su amigo empezó á temblar como un azogado y le entró un grandísimo miedo, y que al volver un día á su casa, obsesionado por el recuerdo de Apolodoro, y pasando junto á una iglesiuca á aquella hora abierta miró á todos lados y cuando vió que nadie le veía se entró á ella furtivamente y dando de trompicones, se arrodilló en un rincón y rezó un padrenuestro por el alma de su amigo, pidiendo á la vez fe á Dios, á un Dios en quien no cree. Ahora se encuentra el pobre en el último período de la consunción, hecho un esqueleto y escupiendo los pulmones, y empeñado en matar á Dios, á ese mismo Dios á quien iba á pedir furtivamente fe y que le haga que crea en él. Mientras ve venir la muerte á toda marcha está escribiendo un libro: La muerte de Dios.

De Clarita hemos averiguado que cuando Federico, su marido, le llevó la noticia del suicidio de su antiguo novio, exclamó: «¡pobre Apolodoro! siempre me pareció algo...» y luego se dijo para sí misma: «hice bien dejarle por éste, porque si llegamos á casarnos y se le ocurre hacer esto...»

Federico se dijo: «ha hecho bien; para lo que servía...»; dió un beso á su mujer y quiso ponerse á pensar en otra cosa, pero estamos seguros de que la imagen del difunto ha de presentársele más de una vez y que recordará á menudo la conversación que tuvieron en la alameda del río, cuando iba flotando en las aguas aquel cadáver.

Don Epifanio parece ser que murmuró entre dientes: «¡pero ese Apolo, ese Apolo, quién lo hubiera creído...!» y aquella noche se estuvieron él y su mujer cuchicheando más que de costumbre antes de entregarse al sueño. También les remuerde la conciencia porque todas las personas que figuran en mi verídico relato tienen su más ó su menos de conciencia capaz de remordimientos.

En cuanto al insondable don Fulgencio ¿quién es capaz de contar el torbellino de ideas que la catástrofe de su discípulo le habrá causado? Nos consta que está meditando seriamente en si el verdadero momento metadramático no es el de la muerte. Y ahora al recordar la última entrevista que con Apolodoro tuvo, la del erostratismo, siente don Fulgencio escalofríos del alma al cruzarle la idea de si fué él quien sin quererlo le empujó á tan fatal resolución. Mas su dolor, dolor efectivo, real y doloroso, va cuajando en ideas y proyecta estudiar el suicidio á la luz de la muerte de la vida y el derecho á la muerte de la vida y el deber de muerte.

Mas á quien le ha producido el efecto más hondo y más rudo la muerte violenta de nuestro Apolodoro ha sido á Petra, la criada, á su Petrilla. Esto es para que se vea que la mayor rudeza de inteligencia y de carácter puede ir unida á la mayor profundidad y ternura de sentimientos. Esa pobre muchacha, víctima de las teorías de don Fulgencio obrando sobre los instintos de Apolodoro sobrexcitados á la vista de la muerte próxima,—pues veía claro que tenía que matarse—esa pobre muchacha tuvo la desgracia de enamorarse a posteriori de su señorito, del padre del fruto que ahora lleva en las entrañas. Se ve sola y desamparada, viuda y madre, y en momentos de desesperación medita recursos extremos y funestísimos.

Aunque la congoja ahoga al infeliz Avito y á su mujer, hanse redimido uno y otro en el común dolor, Carrascal se ha dormido y Marina ha despertado á tal punto que ha logrado la pobre Materia que se arrodille junto á ella la Forma y rece á dúo, elevando su corazón á Dios. Y ahora es cuando empieza á hablar algo de su niñez, de aquella niñez que parecía haber olvidado. Mas á pesar de tal congoja no han dejado de advertir el luto de la criada y sus extremos de dolor y esto descubriéndoles ciertos indicios que dormían en sus memorias y avivándolos al asociarlos en torno á este extraño dolor de la pobre Petrilla, les ha hecho vislumbrar la triste y dolorosa realidad que tal luto encubre.