Y llega un día en que llama don Avito á su criada y la interroga y viene la penosa confesión y la pobre muchacha se anega en llanto y el pobre hombre al sentirse abuelo la consuela con dulzura:

—No hagas caso, Petrilla, no hagas caso ni te acongojes por eso, que desde hoy serás nuestra hija y te quedarás con nosotros, y tu hijo será siempre el hijo de nuestro hijo, nuestro nieto, y nada le faltará y le cuidaremos, así como á ti, y le educaré, sí, le educaré... le educaré... y no volverá á pasar lo que con Apolodoro ha pasado, no, no volverá á pasar lo mismo, te lo juro... Le educaré, sí, le educaré, le educaré con arreglo á la más estricta pedagogía, y no habrá don Fulgencio ni don Tenebrencio que me le eche á perder, ni se rozará con otros niños. Le educaré yo, yo solo, que de algo me ha de servir la experiencia de lo pasado, le educaré yo y éste sí que saldrá genio, Petrilla; te aseguro que tu hijo será genio, sí, le haré genio, le haré genio y no se enamorará estúpidamente; le haré genio.

Con lo cual se va Petrilla consolada y hasta dando por bien empleado todo.

Cuando Marina lo sabe todo y la magnánima resolución de su marido abraza primero á éste, que tan noble espíritu demostraba, y cae luego llorando en brazos de hasta hoy su criada, y decimos hasta hoy porque acaba de decidirse que se tome en concepto de tal criada á otra y que quede Petrilla en concepto de hija y de viuda del pobre Apolodoro.

—Sí, Marina, sí, estoy satisfecho de mi resolución; así proceden los hombres honrados, es decir, razonables, y sobre todo muerto nuestro...

—Calla, Avito, no sigas.

—Bueno, faltándonos él yo necesitaba alguien en quien aplicar con toda pureza mi pedagogía...

—¡Por Dios, Avito, por Dios, calla, calla...!—exclama la pobre Marina sintiendo el peso enorme del sueño que parece volverle.

—Es que...

—¡Por Dios, Avito, por Dios! ¿más de eso todavía?