—Es que si aquello no fué de eso... es que no me dejaron aplicar con pureza mi sistema... Verás, verás ahora.
—¡Qué mundo. Virgen Santísima, qué mundo!—y empieza á sentir la pobre pesadísimo sopor sobre los párpados del alma, mientras Petrilla, satisfecha del papel de hija viuda, miró á uno y otro sin comprender nada de aquello, pero sintiendo que se trata del porvenir del fruto de sus entrañas.
Y ahora el pobre Carrascal se recata y á ocultas de su mujer llama á Petrilla para decirle:
—¿Te gustan las alubias, Petrilla?
—Bastante; ¿por qué me lo pregunta usted?
—Por nada, pero procura comer las más que puedas, ¿has oído? las más que puedas, pero sin que se te indigesten, y sobre todo no digas nada de esto á Marina, ¿has oído? ¡no le digas nada de esto!
Y cuando Petrilla se ha ido le llama para repetirle:
—Cuidado con decirle nada, pero nada; mas ten en cuenta que las alubias te convienen mucho.
Petrilla, satisfecha de su papel, se sonríe y se dice para sí misma: «¡Pobre hombre! no está muy bueno, pero le daremos gusto...»