Pero sí, consonantes no han de faltarme, y en último caso acudiré á los asonantes ó aun al verso libre. Pues si hay verso libre ó blanco como otros le llaman, blank verse, ¿por qué no ha de haber también prosa libre ó blanca? ¿A título de qué hemos de uncirnos al ominoso yugo de la lógica, que con el tiempo y el espacio son los tres peores tiranos de nuestro espíritu? En la eternidad y en la infinitud soñamos con emanciparnos del tiempo y del espacio, los déspotas categóricos, las infames formas sintéticas a priori; mas de la lógica ¿cómo hemos de emanciparnos? ¿Significa ni puede significar la libertad otra cosa que la emancipación de la lógica, que es nuestra más triste servidumbre?
Ya sé que yo mismo en otras ocasiones y en otros escritos he sostenido y afirmado que la libertad es la conciencia de la necesidad, la conciencia de la ley, que el hombre debe tirar á querer lo que suceda para que así suceda lo que él quiera, pero esos no pasan de esfuerzos con que quiero engañarme á mí mismo y de reflexiones que me hago para encerrar el infinito del espacio en la menguada jaula en que estoy condenado á vivir después de haberme dado de porrazos en vano contra los barrotes de ella.
Sí, ya sé que nos ponemos á escribir versos libres aquellos á quienes no nos sale libremente la rima, los incapaces de hacer fuente de asociación de ideas de la rima generatrice, como hacemos prosa libre ó cháchara suelta á guisa de sangría los incapaces de la verdadera libertad, la que en la conciencia de la ley consiste.
A este propósito recuerdo lo que no hace aún tres días leí en La critique de l'École des femmes de Molière, comedia en un acto estrenada en 1663, comedia en que Dorante dice que la gran regla de todas las reglas es agradar, y si una pieza de teatro ha conseguido este fin es que tomó por buen camino. El cual Dorante asegura que las reglas del arte no son los mayores misterios del mundo, sino «algunas obvias observaciones que el buen sentido ha hecho sobre lo que puede quitar el gusto que se toma á tal suerte de poemas, y el mismo buen sentido que hizo antaño esas observaciones las hace obviamente todos los días sin la ayuda de Horacio y de Aristóteles.» Esto del buen sentido, del bon sens, y sobre todo tratándose del buen sentido francés, me puso en guardia, recordando al punto cuanto acerca del sentido común tengo oído al bueno de mi don Fulgencio, mas ahora al seguir hinchando este epílogo vuelvo á recordar el pasaje de Molière y lo de que la gran regla de las reglas es agradar.
La gran regla de las reglas es en este mi caso presente ir entreteniendo, deleitando é instruyendo ó sugiriendo si se puede al lector,—pariterque monendo, metamos este acreditado ripio ó relleno, pues cae mejor en latín—para llevarle suave y dulcemente á las trescientas páginas «que es el tipo.»
Y en esta mi tarea de sugerirle algo quisiera infundirle una chispa del secreto fuego que en contra de la lógica arde en mis entrañas espirituales ó avivar más bien ese fuego que en él, como en todo hombre hecho y derecho, también arde aunque sea bajo cenizas. Porque ¿qué otra cosa es el sentimiento de lo cómico sino el de la emancipación de la lógica y que otra cosa sino lo ilógico nos provoca á risa? Y esta risa ¿qué es sino la expresión corpórea del placer que sentimos al vernos libres, siquiera sea por un breve momento, de esa feroz tirana, de ese fatum lúgubre, de esa potencia incoercible y sorda á las voces del corazón? ¿Por qué se mató el pobre Apolodoro sino por escapar á la lógica, que le hubiera matado al cabo? El ergo, el fatídico ergo es el símbolo de la esclavitud del espíritu. Mis esfuerzos por sacudirme del yugo del ergo son los que han provocado esta novela, pero la lógica se vengará, estoy seguro de ello, se vengará en mí.
Porque tiene razón don Fulgencio: «sólo la lógica da de comer» y sin comer no se puede vivir y sin vivir no puede aspirarse á ser libre, ergo... hele aquí, hele aquí después de esta especie de sorites al ergo vengador. ¿Y qué más que un ergo fatídico me lleva á ir hinchando con mi cañuto de caña—pues de veras escribo con cañutos de caña á guisa de porta-plumas, por lo cual puedo decir con razón lo de calamo currente—este ergótico epílogo? ¿Es que no tiene acaso el tal epílogo su lógica, una lógica—seamos desnudamente sinceros—una lógica que me da de comer?
Y siendo lo cómico una infracción á la lógica y la lógica nuestra tirana, la divinidad terrible que nos esclaviza, ¿no es lo cómico un aleteo de libertad, un esfuerzo de emancipación del espíritu? El esclavo se ríe, el esclavo se ríe cuando otro esclavo tras momentáneo acto de rebelión recibe sobre sus escuálidos lomos los latigazos de la tirana, el esclavo se ríe y se vuelve al plato, á comer de lo que la Lógica le da, nos volvemos al plato todos, porque «sólo la lógica da de comer.» ¿Pero es que no hay algo grande, algo sublime, algo sobrehumano, en esa rebelión del pobre esclavo? ¿Es que en las entrañas de lo cómico, de lo grotesco, no sangra y llora la sublimidad humana? ¡Pobre corazón! ¡pobre corazón que te ríes para no llorar! ¡pobre corazón que te burlas para no compadecer, porque el compadecer te destroza y te aniquila!
Coged á Aristófanes, el gran cómico, al que no hubo bufonada que le arredrara, y ved cómo hace hablar en su comedia Las ranas á Esquilo, el gran trágico. ¡Desgraciados de nosotros si no sabemos rebelarnos alguna vez contra la tirana! Nos tratará sin compasión, sin miramiento, sin piedad alguna, nos cargará de brutal trabajo y nos dará mezquina pitanza. En cambio, si alguna vez le enseñamos los puños y los dientes y nos revolvemos contra ella, haremos reir á los demás esclavos cuando la verga salpique de sangre nuestros lomos con sus golpes, pero la tirana nos mirará con otros ojos y nos llamará luego aparte á su retirada alcoba y allí nos mostrará la Lógica sus secretos encantos y nos regalará con sus caricias y seremos por algunos instantes no ya sus esclavos, sino sus dueños. Y allí lloraremos en sus brazos lágrimas de redención, lágrimas de las que purifican y aclaran la vista, lágrimas de las que desahogan el vaso del corazón rebosante de amarguras. Allí, en brazos de la tirana lloraremos: ¡bienaventurados los que se ríen porque ellos llorarán algún día! Y los que no se ríen, esos no podrán llorar y las lágrimas se les quedarán en el corazón, envenenándoselo. Ved sino que los hombres graves, los que sólo por fuera y en la máscara se ríen, languidecen en soberbia y en envidia y avanzan fatigosamente uncidos al yugo infame del sentido común, cobarde ministril y capataz de la tirana Lógica.