Aquí alza otra vez la voz maese Pedro y me dice: «llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala» (capítulo XXVI de la parte II de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha) y me parece la voz de maese Pedro, del pícaro, galeote y desagradecido Ginés de Pasamonte la voz del sentido común, de este Ginesillo de Parapilla que acaba en robar rucios á los Sancho Panzas.
Tiene razón maese Pedro, á quien bien á mi pesar sirvo de criado: no debo meterme en dibujos sino hacer lo que don Quijote me manda, que será lo más acertado, siguiendo mi canto llano y sin meterme «en contrapuntos que se suelen quebrar de sotiles», y lo que don Quijote me manda es que no me encumbre sino que siga mi epílogo en línea recta sin meterme en las curvas ó trasversales, «que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.» «Yo lo haré así», no sea que á don Quijote se le antoje salir en ayuda de Apolodoro y la emprenda á llover cuchilladas sobre mi titerera pedagógica y derribe á unos, descabece á otros, estropee á don Fulgencio, destroce á Menaguti y entre otros muchos tire un altibajo tal que si maese Pedro, el que por dentro y bien á mi pesar mueve mi tinglado todo, no se abaja, se encoge y agazapa, le cercene la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán, cercén que se tendría muy merecido. Y de nada sirve que maese Pedro dé voces á don Quijote diciéndole que se detenga y advierta que estos no son sino figurillas de pasta y que me destruye y echa á perder parte de mi hacienda, pues no dejará por eso don Quijote de menudear cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos, que el tal don Quijote es hombre grave si los hay y de los que toman las burlas en veras, por lo cual no sabe tomar las veras en burlas ni se tiene noticia de que se haya reído nunca por dentro aunque haya dado que reir á todo el mundo. Pues tal es la miserable condición humana, que no queda otra salida que ó reirse ó dar que reir como no tome uno la de reirse y dar que reir á la vez, riéndose de lo que da que reir y dando que reir de lo que se ríe, según la fórmula que me enseñó en cierta ocasión, al pie del Simia sapiens, mi don Fulgencio.
¿Y hay, á propósito, nada más cómico que don Quijote? ¿No luchó desesperadamente contra la lógica de la realidad que nos manda que sean los molinos de viento lo que en el mundo de la realidad son y no lo que en el mundo de nuestra fantasía se nos antoja que sean? ¿Y cuándo le volvió la lógica á don Quijote sino cuando la muerte le amagaba y rondaba en torno suyo? Se rebeló contra la lógica el esclavo Alonso el Bueno y la Lógica le llevó á su apartado retiro y le enseñó sus secretos y le regaló con sus caricias, porque ¿no se ve á la Lógica y á la Lógica desnuda y sumisa y entregada y no vestida y tiránica y reservada en las aventuras todas de nuestro inmortal ingenioso hidalgo?
Yo lancé hace algún tiempo el grito de ¡muera don Quijote!, y este grito halló alguna resonancia y quise explicarlo diciendo que quería decir ¡viva Alonso el Bueno! esto es, que grité ¡muera el rebelde! queriendo decir ¡viva el esclavo!, pero ahora me arrepiento de ello y declaro no haber comprendido ni sentido entonces bien á don Quijote, ni haber tenido en cuenta que cuando éste muere es que tocan á muerto por Alonso el Bueno.
Hasta aquí llegaba ayer, habiendo llenado 41 cuartillas de epílogo, cuando recibo hoy, 7 de febrero, carta de que hacen falta otras tantas, es decir, que apenas he llegado á la mitad de este epílogo.
Dejé ayer á prevención concluso el sentido al final de la cuartilla 18, después de hablar del efecto que la muerte de Apolodoro produjo al insondable don Fulgencio, y antes de ocuparme en el que á Petrilla produjo esa misma muerte, y lo dejé así con el objeto de poder intercalar entre las cuartillas 18 y 19 cuantas fueren menester. Y ahora, con objeto de poder cubrir ese hueco que á prevención dejé, voy á ver á don Fulgencio, en busca de lo que acerca del efecto que el suicidio de su discípulo le produjera.
Vengo de ver á don Fulgencio, el cual no ha querido hablarme de los efectos en su espíritu de la violenta muerte de Apolodoro. Apenas le hablé de ello se me mostró muy afectado y dolorido y me dijo: «¡Pasemos á otra cosa!» Y al exponerle los motivos lógicos que me impelían á interrogarle sobre tan doloroso punto, me ha contestado diciéndome que la cosa se arreglaba muy bien publicando á seguida de mi relato y epílogo un trabajo cualquiera de él ó mío, cosa muy dentro de las costumbres y usos literarios. Y tirando del cajón sacó de él un manuscrito que me entregó diciéndome:
—Ahí tiene usted una obra de mi juventud, un pequeño diálogo titulado «El Calamar», que escribí poco después de haber rechazado un duelo que se me propuso. Si no bastara, publique usted algo suyo. Vamos á ver: ¿por qué no lo hace con aquello de «El liberalismo es pecado» que en cierta ocasión me leyó?