—Es que yo quiero—le he dicho—que cuanto en un volumen vaya tenga cierta unidad de tono siquiera; en el chorizo se mete carne de vaca con la de cerdo, pero no sardinas ni ciruelas.

—¡Unidad de tono... unidad de tono...! Siempre salen ustedes con esas tonadillas de antaño que en realidad no hay quien las entienda á derechas. Y dígame, amigo Unamuno, ¿qué unidad de tono le encuentra usted al mundo? Y aunque una obra de arte necesite unidad de tono, el libro, como obra de arte, el libro, entiéndame bien, el libro, no su contenido, es obra de arte tipográfico y no literario y su unidad ha de ser unidad de papel, de tipos, de caja, de impresión. Por lo demás encuentro justificadísimo lo de sus editores, y una de las cosas que más me gustan de nuestro libro inmortal, es que Juan Gallo de Andrada, escribano de cámara del rey don Felipe, certificara de que los señores del Consejo vieron el libro intitulado El ingenioso Hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y tasaran cada pliego de él á tres maravedís y medio, y teniendo el libro ochenta y tres pliegos, al dicho precio montaba el dicho libro—diciéndome esto tenía don Fulgencio abierto y á la vista el Quijote—doscientos y noventa maravedís y medio, en que se había de vender en papel, y dieron licencia para que á ese precio se pudiese vender, y mandaron poner esa tasa al principio del libro y que no se pudiese vender sin ella. Pienso escribir algo sobre esto de la tasa del Quijote. Y á propósito de ello he de contarle lo que no ha muchos años sucedió en la Corte entre un poeta y un librero. Fué el caso que el poeta le presentó un tomito de composiciones suyas pidiéndole le tomase algunos ejemplares con el consiguiente descuento. Cogió el librero el tomito y sin abrirlo lo revolvió en la mano examinando su longitud, latitud y profundidad, hecho lo cual preguntó al poeta: «¿Y á cuánto ha de venderse esto?» «A tres pesetas», contestó el poeta, y el librero replicó: «Me parece caro.» Y el poeta exclamó entonces: «Es que le advierto que es oro puro.» «¿De oro puro? en ese caso no me conviene», replicó el librero devolviéndole el tomito. Créame, hasta el oro puro hay que saber tasarlo, como tasaron los señores del Consejo el oro puro del Quijote.

Otras muchas cosas me ha dicho don Fulgencio, dejándome convencido, y al salir me ha entregado dos manuscritos suyos, el diálogo de «El Calamar», de que hice mención, y los «Apuntes para un tratado de Cocotología», autorizándome para que haga de ellos el uso que crea conveniente.

Y ahora termino este epílogo, como prometí terminarlo, con el último verso del soneto de Lope de Vega:

Contad si son catorce y está hecho.


APUNTES PARA UN TRATADO DE COCOTOLOGÍA

PROLEGÓMENOS

En esta parte ha de tratarse de todo lo divino y lo humano, de lo conocido, de lo desconocido y de lo inconocible, arrancando siempre, á poder ser, de la nebulosa ó del homogéneo primitivo si fuere preciso. Es de grandísimo interés ante todo y sobre todo establecer el concepto de la ciencia, pues sin haber establecido tal concepto es absolutamente imposible dar un solo paso en firme en ciencia alguna.