Avito piensa: «Debería leerle algo de embriología; que sea conciente de lo que hace... ¡pero no! que sea inconciente, así saldrá mejor... sin embargo...» Y al siguiente día le enseña una preparación embriológica en el período correspondiente. Y ella, emergiendo del sueño crónico, exclama:
—Quita, quita, por Dios, quita, quita eso...
—Ah, si pariésemos los hombres...—suspira Avito, callándose lo de: «lo haríamos más científica y concientemente.»
—Es que si parieseis los hombres no seríais hombres, sino mujeres...
Al oir lo cual piensa Avito con regocijo: «genio, genio, ¡de seguro genio!» y luego, en vez de «¡cállate!», dícele á su voz interior: «¿lo ves?»
Han corrido días. La pobre Materia siente que el Espíritu, su espíritu, un dulce espíritu material, va empapándola y como esponjándola, pero no ya en aguas de amargura, sino en el más dulce rocío que de esa amargura al evaporarse queda. Cántale la Humanidad eterna en las eternas entrañas del alma. A solas se toca los pechos que empiezan á henchírsele; va á brotar del sueño la vida, la vida del sueño. ¡Pobre Avito! ¿despertará ahora? ¿se adormirá ahora?
Ha llegado el día; lo tiene ya de antemano dispuesto todo Carrascal, y aquí él, tranquilo, abroquelado en ciencia, al encuentro del Destino. Laméntase la Materia de cuando en cuando, levantándose, paseándose un momento, volviéndose á sentar.
—No puedo, no puedo, don Antonio, no puedo más... yo me muero ¡ay! me muero... no puedo más...
—Eso no es nada, Marina, un dolorcillo sin importancia; ayúdelo, ayúdelo... venga un dolor decente, un dolor como es debido y se acabó todo....