—Yo tengo más, don Antonio, yo tengo más... esto es otra cosa... esto es muy grave... yo me muero... ¡ay! adiós. ¡Avito!... yo me muero... me muero...

—Lo de todas, doña Marina, lo de todas... eso no es nada...

—¿Que no es nada?... ¡ay! me muero... me muero... quiero morirme... ¡adiós!

—¡Vaya, vaya! descanse un rato...

—Fruto de la civilización estos dolores—interviene don Avito,—la civilización habrá de suprimirlos. Bien te dije que el cloroformo...

—Cállate... no... no... cloroformo no... ¡ay! que me muero... ¡ay!... yo quiero morirme... Don Antonio... el cloroformo es cosa de judíos... ¡ay! que me muero...

—O bien se anticipará científicamente este acto y luego la incubadora...

—Calla, calla, calla...

Trágase á hurtadillas una cintita de papel, hecha rollo, cintita en que está impresa una jaculatoria en dístico latino, y luego otro papelillo en que hay una imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Son su cloroformo.

Llega el momento, asoma el futuro genio la cabeza para mirar al mundo, entra en el escenario y se pone á berrear. Es lo único que se le ocurre hacer, ya que ha de hacer algo al pisar las tablas. Juega con el aire; toca un chillido en el albogue de su gaznate. Avito mira al reló; las 18 horas y 58 minutos.