—Esa cabeza...—dice con desfallecimiento la madre.
—Ella se le arreglará sola—contesta el médico.
—Pero qué fea la tiene, ¡pobrecito!—y sonríe.
—¡Bah!—dice Avito,—ha sido el trabajo de nacer. ¿O crees que tú lo has hecho todo y él nada?
—Yo le he dado á luz, ¡hombre!
—¡Y él te ha nacido, mujer!
—Y ahora, ¿quiere usted morirse?—le pregunta el médico.
—¡Pobrecito!—contesta ella.
El padre le coge y le lleva á la balanza, á pesarle; luego á una bañera especial que á prevención tiene, y ¡adentro del todo!, que le cubra por completo el agua, para ver en el tubo registrador el número de litros que ha subido, el volumen. Con peso y volumen deducirá luego su densidad, la densidad genial nativa. Y lo talla, y le toma el ángulo facial y el cefálico y todos los demás ángulos, triángulos y círculos imaginables. Con ello abrirá el cuadernillo.