La casa está dignamente provista para recibirlo; techos altos, como ahora se lleva, iluminación, aereación, antisepsia. Por todas partes barómetros, termómetros, pluviómetro, aerómetro, dinamómetro, mapas, diagramas, telescopio, microscopio, espectroscopio, que á donde quiera que vuelva los ojos se empape en ciencia; la casa es un microcosmo racional. Y hay en ella su altar, su rastro de culto, hay un ladrillo en que está grabada la palabra Ciencia, y sobre él una ruedecita montada sobre su eje; toda la parte que á lo simbólico, es decir, á lo religioso, como él dice, concede don Avito.
III
Ya tenemos al niño, al sujeto, y ahora surge el primer problema, el del nombre. El nombre que á uno le pongan y que tenga que llevar puede hacer su felicidad ó su desgracia; es una perpetua sugestión. ¿No se oye decir á muchos: «me debo á mi nombre»? ¡Cosa ardua el cómo me llamen y cómo me llame á mí mismo!
El nombre tiene que ser griego por ser la lengua griega la de la ciencia, sonoro y significativo además. Relee Carrascal la carta en que el singular filósofo don Fulgencio ha contestado á su pregunta y que dice así:
«Hay quien lleva como un castigo su nombre, como joroba que al nacer le impusieron. En rigor debía aguardarse á que el hombre diese sus frutos para ponerle nombre á ellos ajustado; mientras no ostente carácter propio no debía tener más que nombre provisional ó interino, ya que no fuese anónimo. Los pseudónimos y los motes son más verdaderos que los nombres legales, ya que apenas hay cosa legal que sea verdadera, y la que verdadera resulte será á pesar de su legalidad, jamás merced á ella.» Y luego propone don Fulgencio varios nombres, entre los cuales Fisidoro, don de la naturaleza; Nicéforo, vencedor; Filaletes, amante de la verdad; Aniceto, invencible; Aletóforo, portador de la verdad; Teodoro, don de Dios, y Teoforo, portador de Dios, entendiendo por Dios lo que por él entiende el singular filósofo; Apolodoro, don de Apolo, de la luz del Sol, padre de la verdad y de la vida... Avito vacila; inclínase á Apolodoro por lo simbólico y sobre todo por empezar como Avito con A, lo que ha de permitir que se sirvan padre é hijo de un mismo baúl y que no haya que cambiar las iniciales de los cubiertos: A. C. Sólo tiene el inconveniente de eso de Apolo, una deidad pagana, una forma de superstición, dígase lo que se quiera. Aunque por otra parte lo de Apolo no puede entenderse ya más que como un símbolo, un símbolo del Sol, de la luz, del generador de la vida. Va á decidirse por Apolodoro, y la voz interior: «caíste ya y vuelves á caer, y caerás cien veces y estarás cayendo de continuo; transigiste con el amor, con el instinto, con lo carnal, transigirás con la superstición pagana y tu hijo llevará siempre como un estigma ese nombre y le llamarán abreviándoselo: Apolo; mejor es que le llames Teodoro, que al cabo es nombre más corriente y llano y equivale á lo mismo, pues ¿qué va de Apolo á Dios?» Y Avito contesta á ese importuno demonio que al enamorarse le entró, diciéndole: «No, no es lo mismo Apolo que Dios, no equivale Teodoro á Apolodoro, porque en Apolo no cree ya nadie y no pasa de ser una mera ficción poética, un puro símbolo, mientras aún quedan quienes creen en Dios, y así si le llamo Apolodoro nadie supondrá que pueda yo creer en la existencia real y efectiva de Apolo, mientras que si le bautizo, digo, no, si le denomino Teodoro podrá creerse que creo en Dios. De Dios se podrá hablar, podremos hablar los hombres de razón, cuando nadie crea en él, cuando sea un puro símbolo... ¡entonces sí que nos será útil!» Y la voz: «has caído, has caído y volverás á caer cien veces, y estarás cayendo sin cesar... ¿Si pudieras llamarle A. B. C. ó X. como por álgebra? Tan derogación es llamarle Apolodoro como Teodoro: ponle un nombre sin sentido, algébrico, llámale Acapo ó Bebito ó Futoque, una cosa que nada signifique y á que dé significado él; mete en un sombrero sílabas, saca tres y dale así nombre.» Y Avito replica: «¡cállate! ¡cállate! ¡cállate!» y se queda con Apolodoro, salvo confirmárselo ó rectificárselo según los frutos que dé.
El sueño de Marina se hace más profundo, baja á las realidades eternas. Siéntese fuente de vida cuando da el pecho al hijo. Desprende el mamoncillo la cabeza y quédase mirándola, juega con el pezón luego. Y cuando en sueños sonríe se dice la madre: es que se sueña con los ángeles. Con su ángel se sueña ella, apretándoselo contra el seno, como queriendo volverlo á él, á que duerma allí, lejos del mundo.
Avito no hace sino preguntarla: «¿Qué tal? ¿tienes leche suficiente? ¿te sientes débil?» Y no satisfecho con las seguridades que su mujer le da, envía á que se analice la leche, que se analice escrupulosamente, á microscopio y á química.