Otras veces es ponerle una vela ante los ojos y observar si la sigue con los ojos, ó hacer ruido para llamarle la atención. Y en estas y las otras he aquí que al arrimar el niño su manecita á la lumbre de la vela se quema y rompe á llorar y tiene su madre que acallarle dándole el pecho. Y mientras la madre le tapa la boca con la teta para que no pueda llorar, Avito:
—Déjale que llore; es su primera lección, la más honda. No la olvidará nunca, aunque la olvide—y como la madre parece no fijarse en el profundo concepto, prosigue el padre:—Así aprenderá que el dedo es suyo, porque ese llanto quería decir: mi dedo ¡ay! mi dedo. Y del mi al yo no hay más que un paso, un solo paso hay del posesivo al personal, paso que por el dolor se cumple. Y el yo, el concepto del yo...
Al ver con qué ojazos desorientados le mira Marina, se calla Avito, envainándose el yo.
Carrascal vigila la evolución del pequeño salvaje, meditando en el paralelismo entre la evolución del individuo y la de la especie, ó como decimos entre la ontogenia y la filogenia. «Su madre le hará fetichista—se dice—¡no importa! Como la especie, tiene el individuo que pasar por el fetichismo; yo me encargaré de él. Ahora, mientras siga siendo un invertebrado psíquico, un alma sin vértebras ni cerebro, allá con él su madre, pero así que se le señale la conciencia reflexiva, así que entre en los vertebrados, así que se me presente de amfioxus psíquico, le tomo de mi cuenta.»
Marina, por su parte, sonambuliza suspirando: ¡Qué mundo este, Virgen Santísima! y aduerme al niño cantándole:
Duerme, duerme, mi niño,
Duerme enseguida,
Duerme, que con tu madre
Duerme la vida.