—¿Pero estás loco, Avito? ¿qué haces?
Y el padre sonríe, vuelve á pincharle y contesta:
—Tú no entiendes...
—Pero, Avito—añade con mansedumbre.
—¡Es que estudio los actos reflejos!
—¡Qué mundo este, Virgen Santísima!—y recae en el sueño.
Y aun le queda por ver esto otro, y es que haciendo que Apolodorín se coja con ambas manos del palo de la escoba le levanta su padre así en alto. La madre tiende los brazos ahogando un grito, y el padre con enigmática sonrisa dice:
—Esta fuerza de prensión, propiamente simiana, la perderá luego. Nuestro tatarabuelo el antropopiteco y nuestro primo segundo el chimpancé...
—¡Qué mundo este, Virgen Santísima!—y adéntrase aun más en el sueño.