—¡Calla, no blasfemes!

Apolodoro mira fijamente á su madre. Y el padre paseándose se dice: «He estado torpe, poco razonable, poco científico, se me ha vuelto á rebelar el animal, este animal al que tenía dominado y así que me enamoré despertó; esta infeliz no tiene la culpa... ¿Le ha bautizado? ¿y qué? ¡cosas de mujeres! que se diviertan en algo las pobres.» Y volviéndose á Marina, con su voz más dulce:

—Vamos, Marina, he estado fuerte, lo reconozco, pero...—y se le acerca ofreciéndole la boca, á la vez que la voz interior le murmura: «caíste, vuelves á caer y caerás cien veces más...»

Déjase besar Marina apretando contra el seno al niño, y recae en el sueño de su vida.

—Sí, he estado fuerte, pero... pero es menester cumplir mi voluntad... ¿Y bautizarle? ¿para qué? ¿para limpiarle del pecado original? ¿pero tú crees que esta inocente criatura ha pecado?

Y la voz del demonio familiar: «sí, no ha pecado, pero trae pecado, trae pecado original: el de haber nacido de amor, de enlace de instinto, de matrimonio inductivo; amor y pedagogía son incompatibles; el biberón exige complemento...»

—No le beses, no le beses así, Marina, no le beses; esos contactos son semillero de microbios.

Y la voz: «¿por qué la besabas tú á ella? te ha contagiado, te ha contagiado con sus microbios, con los microbios de su personalidad, porque cada uno de nosotros tiene su microbio, su microbio especial y específico, el bacillus individuationis, como le llama don Fulgencio, y te ha contagiado... ¡Caíste, caíste y volverás á caer!»

Esto fué ayer y hoy encuentra Marina á su marido pinchando al niño con una aguja, é irrumpiendo del sueño su corazón de madre, exclama: