Más que la influencia de la madre teme Avito la de las niñeras, los cuentos de brujas, las preocupaciones populares. Y ¿por qué estima estos cuentos y estas preocupaciones más graves que aquellas tradicionales leyendas que su madre le imbuye? «Mira, Avito—le dice la voz interior—que al temer más que le hablen del Coco que de Dios, al no inquietarte de que le imbuyan la creencia en ángeles y sí la creencia en brujas, mira que al hacer eso los pones en distinta esfera... Mira, Avito, mira bien», y se le revuelve el poso de su niñez, de esa niñez de que nunca habla. «¡Cállate! ¡cállate! ¡cállate, impertinente!» le dice Avito.
Con la facultad de hablar empieza á ejercer Apolodorín su imaginación, inventando mentirijillas; adiéstrase en la única potencia divina, burlándose de la lógica. Despiértasele el santo sentido de lo cómico, se recrea en toda incongruencia y en todo absurdo. Ríe de todo corazón, de corazón de niño, echando hacia atrás la cabecita, todo ensarte de palabras sin sentido, goza con romper el nexo lógico de la asociación de ideas y el cincho de su enlace normal; espacíase por el campo de lo incongruente.
Acaba de sorprenderle hoy su padre recitando este relato, aprendido de la niñera, acaso, ó de otros niños:
Teresa,
de la cama á la mesa;
Confites,
de los que tú me distes;
Tabaco,
no lo gasta mi majo;