—¿Cuánto me quieres?
—Más que todo el mundo.
—¿Más que á papá?
Núblase la frente de Marina, ¡si viese esto Avito...!
Con el remordimiento de un furtivo crimen, aterrada ante la aparición invisible del Destino, se levanta de pronto y deja al niño para seguir soñando.
Y aquí ahora otra vez que apretándole contra su seno exclama: «Mío, mío, mío, mío, mi Luis, mi Luisito, Luis, Luis mío, mío, mío, sol, cielo, rey, mi Luis, Luis mío, mío, mío», mientras el niño la mira sereno, como se mira al cielo cuando se va de paseo. En estas furtivas entrevistas le habla la madre de Dios, de la Virgen, de Cristo, de los ángeles y de los santos, de la gloria y del infierno, enseñándole á rezar. Y luego: «no digas nada de esto á papá, Luisito; ¿has oído, querido?» Y al sentir los pasos del padre, añade: «¡Apolodoro!»
Acaba de persignarse Apolodoro ante su padre y empieza el corazón á martillearle á Marina el pecho, mas ¡oh lógica del sueño! una vez más lo inesperado.
—Me lo suponía, Marina, me lo suponía, y no voy á reñirte, pues he hablado ya con don Fulgencio acerca de ello. El embrión pasa por las fases todas por que ha pasado la especie, el proceso ontogénico reproduce el filogénico, es infusorio primero, casi pez después, mamífero inferior luego... La humanidad pasó por el fetichismo; pase por él cada hombre. Yo me encargo de sacarle más adelante de este estado convirtiendo en potencias ideales sus actuales fetiches. Háblale del Coco, que ya verás en qué se le convierte ese Coco al cabo...
Vuelve Marina á someterse al sueño, con su soñada lógica.