Mientras el padre se encierra con el filósofo, enciérrase la madre con el hijo y allí es el besuquear al sueño de su sueño.
—Mamá, di querido.
—¡Querido! ¡querido mío! ¡rico! ¡rey de la casa! ¡cielo! ¡querido! ¡querido...! Luis, Luisito, Luisito, mi Luis...
Porque al bautizarle hizo le pusieran Luis, el nombre de su abuelo materno, del padre de Marina, en vez de aquel feo Apolodoro, y es Luis el nombre prohibido, el vergonzante, el íntimo.
—Luis, mi Luis, Luis mío, Luisito, mi Luisito—y se lo come á besos.
Le aprieta la boca contra la boca sacudiendo la cabeza á la vez, la separa luego de pronto, quédasele mirando un rato, y gritando «¡Luis! ¡mi Luisito!», vuelve á unir boca á boca con ahinco.
—¿Di, mamá, me quieres?
—Mucho, mucho, mucho, Luisito, mi Luis, mucho, mucho, mucho, sol, cielo, mi Luis, ¡Luisito...! ¡Luis!
—¿Me quieres mucho, mamá?
—Mucho... mucho... mucho... Luis, sol de mi vida... ¡Luis!