—¡Qué mundo éste, Virgen Santísima!—y sigue soñando la madre.
La madre, que á hurtadillas coge en brazos al hijo y le dice: «di mamá, querido, di mamá.»
Las fricciones superauriculares han dado resultado; Apolodorín rompe á hablar y el padre espía la primera palabra, su expresión natural, individuante. Y hete aquí que es ésta: ¡gogo! ¡Gogo! ¡solemne misterio! ¡gogo! fórmula cabalística acaso de la personalidad del nuevo genio... Porque si eso de la grafología tiene, como parece, su fundamento y le tienen otras misteriosas relaciones psicofisiológicas, ¿no ha de tenerlo la primera palabra que cada cual de nosotros pronuncia? ¡Gogo! Consulta con don Fulgencio al punto. La sonora gutural g, seguida de la o, la vocal media de las tres a-o-u que no tienen más que una nota específica, y repetido por dos veces... ¡gogo! ¡gogo! ¡gogo! ¿Qué relación habrá entre este misterioso gogo y el futuro momento metadramático?
Don Fulgencio recuerda la experiencia que nos cuenta Herodoto hiciera el rey egipcio Psamético para comprobar cuál fué el lenguaje primitivo, cuando entregó dos niños recién nacidos á un pastor con encargo de que los criara sin que oyesen hablar á nadie, y al trascurso de dos años entrando un día el pastor á verlos los oyó decir becos, que era como los frigios llamaban al pan, con lo cual se convencieron los egipcios de que era el de los frigios y no el suyo el pueblo primitivo. Las investigaciones de don Fulgencio dan por resultado que en el idioma vascuence ó eusquera gogo equivale á «deseo, ganas, humor, ánimo» y acaso por extensión, voluntad.
—El niño desea algo, sólo que lo desea en vascuence...
Luego aprende papa, mama, pa, aba, titi, chicha... y un día sorprende don Avito á Apolodorín pronunciando misteriosas sílabas, á solas, como hablando consigo mismo: puchulili, pachulila, titamimi, tatapupa, pachulili.
—No lo entiendo, no acabo de entenderlo, no lo entiendo—se dice el padre, camino de la casa del filósofo;—¿serán fatales indicios? Fué una caída... una caída... la sangre materna... Y este hombre...—mas reponiéndose, añade entre dientes: «¡cállate! ¡cállate!»
En tanto el niño juega al creador, forjando de todas piezas palabras, creándolas, afirmando la originalidad originaria que para tener más tarde que entenderse con los demás habrá de sacrificar; ejerce la divina fuerza creadora de la niñez, juega, egregio poeta, con el mundo, crea palabras sin sentido: puchulili, pachulila, titamimi... ¿Sin sentido? ¿no empezó así el lenguaje? ¿no fué la palabra primero y su sentido después?
Don Avito observa los solitarios juegos del geniecillo, estos tanteos de actividad, este palpeo espiritual, ese recorrer en todas direcciones el bosque por si se le presenta un nuevo camino. Observa qué efecto le hace el enseñarle una pulga á simple vista primero y al microscopio después. El hule que cubre la mesa es de esos en que están representados los principales inventos con los retratos de los inventores. A Montgolfier le llama papá porque se parece á don Avito, su padre.