—Chist, chist, Fulgencio, que las paredes oyen... y ven...


«Caíste, caíste y volverás á caer cien veces»—le dice la voz interior á Carrascal mientras va á su casa;—«ese hombre, Avito, ese hombre... ese hombre...» Mas al entrar en su casa y ver la rueda montada sobre el ladrillo de la ciencia se aquieta.


V

Así como todo principio tiene un fin, todo fin implica un principio, y en este se halla Apolodoro todavía. Va destetándose ya con mezcla de pesar y agrado por parte de Marina. Le hace comer su padre á reló, á tal hora y tantos minutos, pesando la comida que le da y luego le pesa á él, tres veces al día. La higiene y la educación física ante todo; por ahora hay que hacer un buen animal y tupirle de habas; fósforo, mucho fósforo.

Empieza á andar. Para que lo logre le deja su padre en una gran pieza muellemente tapizada, que se las componga, ofreciéndole sillas y otros objetos á que se agarre y un palo que le sirva de bastón. Y si Marina quiere acudir á él, al verlo vacilar, tendiendo los bracitos:

—Quieta, quieta, déjale que se caiga, que no pasará del suelo.