Ha bebido agua,

Y por eso tiene

La barriga hinchada.

Cuando Carrascal, todo alarmado, cuenta esto á don Fulgencio, frunce el maestro la frente ladeando la pensadora cabeza, contrariado porque al apoyarse Avito contra la mesa le movió los cachivaches que llenan su bufete. Pónelos en orden el filósofo, porque tiene cada objeto, tintero, lápices, tijeras, reló, fosforero, plumas, adscrito á su lugar, y exclama:

—¡Esfuerzos por salirse del escenario, por sacudirse de la verosimilitud, ley de nuestra tragicomedia!

—¿Y qué hacer?

—¿Qué hacer? dejarle, dejarle que vuele, que él tendrá que volver á tierra, á picar el grano pisando en suelo firme. No se cogen granos volando. Sólo la lógica da de comer.

Y mientras se detiene para escribir este aforismo, que como los más de ellos, se le ocurren hablando, pues es hombre el filósofo que piensa en voz alta, se dice don Avito: «¡dejarle! ¡siempre que se le deje! ¡á todo que se le deje! ¡extraña pedagogía! ¿qué se propondrá este hombre?»

—¿Dejarle?

—¡Sí, dejarle! ¿Ha sido usted alguna vez niño, Carrascal?