Avito vacila ante esta pregunta y responde:

—No lo recuerdo al menos... Sí, sé que lo he sido porque he tenido que serlo, lo sé por deducción, y sé que lo he sido por los que de mi niñez me han hablado, lo sé por autoridad, pero, la verdad, no lo recuerdo, como no recuerdo haber nacido...

—Aquí, aquí está todo, Avito, ¡aquí está todo! ¿Usted no recuerda haber sido niño, usted no lleva dentro al niño, usted no ha sido niño, y quiere ser pedagogo? ¡pedagogo quien no recuerda su niñez, quien no la tiene á flor de conciencia! ¡pedagogo! Sólo con nuestra niñez podemos acercarnos á los niños. Conque

¿Arriba

hay una verde oliva,

Abajo

hay un verde naranjo?

Eso, eso, eso, porque no tiene sentido, sí, porque no tiene sentido... Tampoco las morcillas tienen sentido, porque no están en el papel. ¿Pues qué quiere usted que cante? ¡Dos por dos, cuatro; dos por tres, seis; dos por cuatro, ocho...! ¿No es eso? Ya le llegará su hora, ya le llegará la hora terrible de la lógica. Ahora déjele, déjele, déjele...

«Que le deje—se dice Avito en la calle—que le deje... que le deje... le dejaré, sí, pero repitiéndole, aunque no me entienda, otras cosas. ¿Por qué habrán fracasado cuantos han intentado componer canciones de corro con lógica y buen sentido y que los niños las adopten? ¿por qué ama el niño el absurdo?»

Llega á casa, oye á su hijo una absurda conseja y le pregunta: