—Pero vamos á ver, Apolodoro, ¿crees eso?

El niño se encoge de hombros. ¡Vaya una pregunta! ¡Que si cree en ello...! ¿Sabe acaso el niño lo que es creer en algo que se dice?

—Vamos, dímelo, ¿crees en eso? ¿crees que eso es verdad?

¿Verdad? El niño vuelve á encogerse de hombros. ¿Será que para el futuro genio no hay aún pared entre lo real y lo fingido? ¿Será que inventa las cosas y las cree luego, como asegura don Fulgencio? ¿Será el principio de la morcilla?

Y he aquí que al oir un día el niño á la niñera que le acusa de una picardigüela, exclama:

—¡Eso lo habrás soñado!


Vuelve á quedar encinta la Materia, con estupor de la Forma, que no contaba con semejante contratiempo. Y maldice una vez más del instinto, porque el nuevo ser ¿estorbará ó ayudará á la formación del genio? ¿no conviene acaso que éste se críe solo? ¿será genio también?

—Anda, anda—exclama Apolodorín un día,—¡qué gorda se está poniendo mamá!