Hipótesis más ó menos plausibles, pero nada más que hipótesis al cabo, es todo lo que se nos ofrece respecto al cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué ha nacido Avito Carrascal. Hombre del porvenir, jamás habla de su pasado, y pues él no lo hace de propia cuenta, respetaremos su secreto. Sus razones tendrá cuando así lo ha olvidado.
Preséntasenos en el escenario de nuestra historia como joven entusiasta de todo progreso y enamorado de la sociología. Vive en casa de huéspedes, ayudando con sus sabias disertaciones de sobremesa, y aun de entre platos, la digestión de sus compañeros de alojamiento.
Vive Carrascal de sus rentas y ha llevado á cima, á la chita callando, sin que nadie de ello se percate, un hercúleo trabajo, cual es el de enderezar con la reflexión todo instinto y hacer que sea en él todo científico. Anda por mecánica, digiere por química y se hace cortar el traje por geometría proyectiva. Es lo que él dice á menudo: «sólo la ciencia es maestra de la vida» y piensa luego: «¿no es la vida maestra de la ciencia?»
Mas su fuerte está en la pedagogía sociológica:
—Será la flor de nuestro siglo—dice de sobremesa, mientras casca unas nueces, á Sinforiano, su admirador;—nadie sabe lo que con ella podrá hacerse...
—Hay quien cree que llegará á hacerse hombres en retorta, por síntesis químico-orgánica—se atreve á insinuar Sinforiano, que está matriculado en ciencias naturales.
—No digo que no, porque el hombre que ha hecho los dioses á su imagen y semejanza, es capaz de todo; pero lo indudable es que llegará á hacerse genios mediante la pedagogía sociológica, y el día en que todos los hombres sean genios...—engúllese una nuez.
—¡Pero qué teorías, don Avito!—prorrumpe, sin poder contenerse, el matriculado en ciencias naturales.
—¿Usted sabe, Sinforiano amigo, cómo hacen su reina las abejas?
—No, todavía no hemos llegado á eso...