—Puede uno saber menos y ser más listo.

—¿Entonces, en qué se le conoce?

Y el pobre padre, despistado con todo esto, sin lograr reconstruir á su hijo y diciéndose: «¡parece imposible que sea hijo mío!» ¡Qué niño tan extraño! ¡No se fija en nada, no para la atención en nada, nada le penetra, y hasta le estorban los brazos para dormir!

—Vamos, Apolodoro, escribe á tu tía.

—No sé cómo decirle eso, papá.

—Como quieras, hijo mío.

—Es que no sé cómo querer.

«Que no sabe cómo querer... ¡Oh, la pedagogía no es tan fácil como creen muchos!»