—Santificado sea tu nombre... ¡ah! ¡la puerta! Luis, mi Luis, Luisito, Luis mío, mi Luis, ¡vete! ¡calla! no le digas nada; ¿has oído? ¡aquí viene...! ¡Apolodoro!
Y por el espíritu del niño desfila en pelotón: «¿Por qué caen las piedras, Apolodoro? ¿por qué á mayor ángulo se opone mayor lado? ¡Apolodoro! ¡Polodoro... boloro... boloriche...! ¡Apolo... bolo...! ¡Ese Ramiro me las tiene que pagar...! Luis, Luis, mi Luis, Luisito... santificado sea tu nombre... no le digas nada, ¿has oído? ¿por qué me llamará mamá Luis?... El oso hormiguero tiene la lengua así... ¡Pobre conejillo! ¡pobre conejillo!»
VII
El segundo hijo que ha dado á Avito Marina ha sido hija. Ni la ha pesado ni medido ni abierto expediente al nacer; ¿para qué? ¿Hija? Carrascal vuelve á pensar en eso del feminismo al que jamás ha logrado verle alcance. ¿Hija? Allá por dentro le encocora la cosa, es decir, la hija.
Tiempo hace que se formara convicciones respecto á lo que la mujer significa y vale. La mujer es para él un postulado y como tal indemostrable; un ser eminentemente vegetativo. La galantería es enemiga de la verdad, piensa, y debemos á la mujer, en su pro mismo, la verdad desnuda y aun más que desnuda descarnada, porque ¿es acaso verdad una verdad que no esté en huesos, demostrable?
—No hay cuestión feminista—decía años hace don Avito á su fiel Sinforiano, de sobremesa, en casa de doña Tomasa;—no hay cuestión feminista; no hay más que cuestión pedagógica y en ésta se refunden todas...
—Pero habrá cuestión pedagógica aplicada á la mujer...—se atrevió á insinuar Sinforiano.