—Cuanto más inferior la especie, amigo Carrascal, antes llega á madurez; según se asciende en la escala zoológica, es más lento el desarrollo de la cría...
—Sin embargo, suelo pensar si las hijas heredarán del padre la inteligencia y de la madre la voluntad, y si será cierto lo que aseguraba Schopenhauer de que los hombres heredan la inteligencia de la madre y la voluntad del padre...
—Eso lo dijo el terrible humorista de Danzig porque su padre se suicidó y su madre escribió novelas, cuando acaso el suicidio fué la novela de su padre y las novelas fueron el suicidio de su madre.
Cuando Rosita, que es muy caprichosa, llora, exclama el padre:
—Déjala llorar, mujer, déjala llorar que así se le desarrollan los pulmones. Que los meteorice con el llanto. Trae al despertarse su tensión nerviosa que ha de descargar y lo hace llorando. Y como tiene que llorar tanto ó cuanto inventa motivo. Te pide ese dedal y se lo das; te pedirá luego el reló y se lo darás, y luego otra cosa y al cabo la luna sabiendo que no se la puedes dar, para motivar sus lágrimas. Déjala llorar, mujer, déjala llorar; que se meteorice.
Y son los besos á enjugar las lágrimas mientras don Avito frunce las cejas, son los besos de inconciente protesta, son los besos con que á las barbas del pedagogo regala á su hija, llenándola de microbios mientras desde un rincón mira de reojo Apolodorín, con tristes ojos de genio abortado.
Esta niña, estos lloros, estos besos... ¡oh, el feminismo!
Y pasa tiempo y la niña empieza ya á coger cepillos, un barómetro, lo primero que encuentra y lo envuelve en un babero y lo arrulla apretándolo contra el seno, y le mece cantándole. Y el padre espía cómo arrulla y mece al barómetro y se empeña en que lo acuesten con él, con el guingo ó niño. ¡Oh, el instinto! ¡el instinto! ¡palabra que inventó nuestra ignorancia!