Acaba de llegar Carrascal á presencia de don Fulgencio cuando éste, con la jícara de chocolate, frío ya, al lado, medita un aforismo.
—¡Nada, no acabo de resolverlo!—exclama de pronto el filósofo, rompiendo el silencio con que ha recibido á su fiel don Avito;—aforismo le hay, no me cabe la menor duda, aforismo le hay, pero ¿en qué sentido? ¿hemos de decir que la mujer nace y el hombre se hace ó viceversa, que nace el hombre y se hace la mujer? ¿es la mujer de herencia y el hombre de adaptación ó por el contrario? ¿cuál es el primitivo? ¿ó se han diferenciado de algo primitivo que no era ni hombre ni mujer?
—Precisamente...—empieza Carrascal, asombrado de esta concordancia de preocupaciones.
—Porque—continúa el filósofo volviéndose ya al chocolate—la mujer es rémora de todo progreso...
—Es la inercia, la fuerza conservadora...—agrega don Avito.
—Sí, ella es la tradición, el hombre el progreso...
—Apenas si discurre...
—Hace que siente...