—Pues bueno, sí, ataquemos las cosas de frente. En primer lugar que se te quite de la cabeza...

Detiénese el maestro; va á decirle que se le quite de la cabeza lo de ir para genio, pero al recordar que sólo aspirando á lo inaccesible puede cada cual llegar al colmo de lo que le sea accesible, se lo calla. En esto asoma la cara plácida y sonrosada de doña Edelmira, orlada por su rubia peluca, y después de envolver al mozo en una de sus inquisitivas miradas de presa, dice:

—Fulge, haz el favor de salir un momento; enseguida vuelves.

—Mira, Mira, no me llames Fulge—dice el filósofo á su mujer, cuando no les oye el chico.

—Sí, te entiendo; no importa.

Y quedan cuchicheando un rato. Entre tanto Apolodoro contempla en su memoria ese rostro sonrosado y plácido, aniñado, bajo la rubia peluca y sobre aquella figura corpulenta. Mira en derredor, al Simia sapiens y al Homo insipiens, ¿qué va á decir todo esto?

Entra don Fulgencio, se va derecho á su sillón en el que se sienta, y luego de haber escrito en su cuadernillo esta sentencia: «el hombre es un aforismo» empieza:

—Querido Apolodoro: Vienes iniciado ya, preparado á la nueva y grande labor que se te ofrece... ars longa, vita brevis que dijo Hipócrates en griego y en latín lo repetimos... Voy á hablarte, sin embargo, hijo mío, en lenguaje exotérico, llano y corriente, sin acudir á mi Ars magna combinatoria. Eres muy tiernecito aún para introducirte en ella, á gozar de maravillas cerradas á los ojos del común de los mortales. ¡El común de los mortales, hijo mío, el común de los mortales! El sentido común es su peculio. Guárdate de él, guárdate del sentido común, guárdate de él como de la peste. Es el sentido común el que con los medios comunes de conocer juzga, de tal modo que en tierra en que un solo mortal conociese el microscopio y el telescopio diputaríanle sus coterráneos por hombre falto de sentido común cuando les comunicase sus observaciones, juzgando ellos á simple vista, que es el instrumento del sentido común. Líbrate, por lo demás, de mirar con microscopio á las estrellas y con telescopio á un infusorio. Y cuando oigas á alguien decir que es el sentido común el más raro de los sentidos, apártate de él; es un tonto de capirote. ¡Zape!—y sacude al gato que se le ha subido á las piernas,—¿qué estudias ahora?

—Matemáticas.