—¡Pero, hombre, di algo!

Y como un eco repite Apolodoro:

—¡Algo!

—¡Demonio de mozo, tiene gracia!

Y se sonríe el maestro.

El chico, repuesto ya algo, mira al Simia sapiens.

—¿Pero no se te ocurre nada más, muchacho?

—¿Y qué quiere usted que se me ocurra, don Fulgencio?

—Hombre, como querer...

—Mi padre...