Es día miliar para el futuro genio. Espérale el maestro en su sillón de vaqueta, al pie del Simia sapiens, medio oculto tras un rimero de libros, en la misteriosa penumbra del despacho. Entra Apolodoro con el corazón alborotado, y como viene de más claro ámbito, apenas ve nada, no más que, en la sombra, el rostro hierático de don Fulgencio, ribeteado por la leve luz cernida, con ojos que parecen no mirar, con el bigote lacio. El maestro contempla á este muchacho pálido y larguirucho, de brazos pendientes como si, aflojados los tornillos, colgaran de los hombros, de labio superior recogido que le deja entreabierta la boca.
—¡Mi hijo!—exclama don Avito tendiendo á él los brazos como quien muestra un género de mercancía.
—¡Nuestro Apolodoro!—añade con calma don Fulgencio, y como el muchacho calla—¡bueno... bueno... bueno... está crecido!
—¡Muchas gracias!—murmura Apolodoro sin moverse.
—Bueno, hombre, bueno—y el maestro se levanta para ponerse á pasear la estancia,—¡siéntate!
—¿Y yo?—dice don Avito.
—Usted... mejor es que nos deje solos.
El padre se va al maestro y le aprieta efusivamente la mano como diciéndole: «ahí queda eso; trátemelo con mimo», y sin atreverse á mirar á su hijo, sale. Apolodoro se ha dejado sentar y espera con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas.
—Bueno, hombre, bueno—y se detiene el filósofo un momento ante Apolodoro, le pone una mano sobre la cabeza, á lo que el mozo tiembla de pies á ella, le examina escudriñador, mientras los latidos del corazón sofocan al futuro genio, que mira al vacío,—bueno, hombre, bueno: ¿conque Apolodoro? ¿nuestro Apolodoro?
El mozo se sofoca y el sofoco le trae el recuerdo del pobre conejillo de antaño; esa mirada le desasosiega en lo más íntimo.