—Hablábamos de ciencia...

—Bien, vosotros los hombres llamáis ciencia á la murmuración...

—¡Pero qué cosas se te ocurren, Mira! ¡Y qué guapetona te conservas todavía...!

—Bueno, sí, te entiendo... ahora me vienes con piropos para despacharme ó para no contestarme... Vaya, deja eso, y ven á leerme un poco y luego á coserme unas cosas en la máquina.

—Pero...

—No, hombre, no, nadie lo sabrá, no tengas cuidado. Anda, deja eso, hombre, déjalo.


VIII

Ha corrido tiempo, Apolodoro ha crecido y cree don Fulgencio que ha llegado por fin el día de dirigírsele directamente. No le conoce más que de vista, de rápidas inspecciones.